martes, 5 de febrero de 2013

20120410 Comprar sólo lo indispensable, o a ser posible ¡nada!

Me acuerdo mis primeras andanzas en el colegio. No necesitaba tener la ropa de mis compañeros, yo ya iba vestido y me gustaba la mía; tenía mi propia energía o la de mi casa. No necesitaba tener el bocadillo de media mañana de mis compañeros. Es más, hasta me daba un poco de asco ver esos bocadillos que no procedían de mi casa; era una especie de rechazo a algo que no me era familiar. No eran peores, ya que cuando los veía, notaba que esos bocadillos eran de ellos y estaban bien para ellos. Cuando me pedían compartir, yo daba, pero no me gustaba mucho ir probando bocadillo ajeno por ahí. Eran para ellos.

Sin embargo si cambiábamos cromos, algún pequeño juguete. Si ya tenía ese cromo para que lo quería. Mi ansiedad estaba en ver cuales no tenía. Si ese juguete ya me aburría para que lo quería. A otro le entusiasmaba y a mí me gustaba el de él. Todos los días nos cambiábamos algo y disfrutábamos de todo.

Fuimos creciendo y nos fueron diciendo que lo nuestro era mejor o peor que lo de nuestros compis, y así fuimos limitándonos. Ya no podíamos cambiar, porque salíamos mal parados del negocio, o pensábamos que no eran tan incautos como para querer ese trueque. Nos fueron valorando las cosas y a cambiarnos los valores de las mismas no por lo que las necesitábamos o nos atraían, sino por lo que valían por sí mismas, sin tener en cuenta las circunstancias que rodeaban a ese objeto.

El propio colegio empezó a exigirnos ropa determinada, material escolar determinado y así fuimos limitándonos porque no valía lo que teníamos; tenía que ser lo que el profesor nos imponía.

Llegó la pubertad y con ella el dinero, y ya nunca volvimos atrás. Todo tenía un valor nominal. Hasta los bocadillos los comprábamos en la cantina de instituto y ya nunca tuvieron más que un valor fijo. No importaba el hambre que tuvieras, lo que te pudiera apetecer, o si te lo merecías. O pagabas el precio o no podías adquirirlo. Tampoco podía el dependiente de la cantina cambiar el precio o dártelo según las circunstancias.

Nos obligaron a consumir durante años. Hasta que un día nos hastiamos y así nuestra mente buscó soluciones, hasta que chocó con el rincón de la infancia. Volví a sentir que consumir era algo impuesto e innecesario.

¿Quién nos había envenenado para comprar todo a todos? ¿Qué pasa, no producimos nada? ¿Sólo valíamos por el dinero que teníamos? ¿Sólo somos una cabeza de res que va comprándolo todo camino al matadero?

Mi sentimiento no cesó, creció y llegó hasta hoy.

Creo que es necesario comprar sólo lo indispensable, o a ser posible ¡nada! Sobre todo a las grandes marcas o superficies. 

Quiero sentirme útil, plantar en una huerta. Invitar a mis amigos a que prueben las plantas que con tanto cariño he cultivado, en vez de abrir un paquete de algo que no sé si estará bueno o no. Intercambiar con otras gentes las cosas que ya no uso, para que alguien las vea como nuevas y las disfrute, incluso llevándose de regalo la historia del objeto del cual me desprendo. Poder decir, esta semana no tengo pimientos, o ningún objeto que ofrecerte, pero puedo ayudarte a tratar esa enfermedad que se te resiste. O porqué no, cuidar de tu niño que hoy es día de fiesta y yo ya la tuve ayer. Compartir conocimiento o materia a través aprovechando las visitas. Construir juntos tu casa o la mía. Y en definitiva volverme a sentirme importante en mi comunidad. Volver a sentirme conocido por todos. Volver a sentirme una parte del colectivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario