Me
acuerdo mis primeras andanzas en el colegio. No necesitaba tener la
ropa de mis compañeros, yo ya iba vestido y me gustaba la mía; tenía mi
propia energía o la de mi casa. No necesitaba tener el bocadillo de
media mañana de mis compañeros. Es más, hasta me daba un poco de asco
ver esos bocadillos que no procedían de mi casa; era una especie de
rechazo a algo que no me era familiar. No eran peores, ya que cuando los
veía, notaba que esos bocadillos eran de ellos y estaban bien para
ellos. Cuando me pedían compartir, yo daba, pero no me gustaba mucho ir
probando bocadillo ajeno por ahí. Eran para ellos.
Sin
embargo si cambiábamos cromos, algún pequeño juguete. Si ya tenía ese
cromo para que lo quería. Mi ansiedad estaba en ver cuales no tenía. Si
ese juguete ya me aburría para que lo quería. A otro le entusiasmaba y a
mí me gustaba el de él. Todos los días nos cambiábamos algo y
disfrutábamos de todo.
Fuimos
creciendo y nos fueron diciendo que lo nuestro era mejor o peor que lo
de nuestros compis, y así fuimos limitándonos. Ya no podíamos cambiar,
porque salíamos mal parados del negocio, o pensábamos que no eran tan
incautos como para querer ese trueque. Nos fueron valorando las cosas y a
cambiarnos los valores de las mismas no por lo que las necesitábamos o
nos atraían, sino por lo que valían por sí mismas, sin tener en cuenta
las circunstancias que rodeaban a ese objeto.
El
propio colegio empezó a exigirnos ropa determinada, material escolar
determinado y así fuimos limitándonos porque no valía lo que teníamos;
tenía que ser lo que el profesor nos imponía.
Llegó
la pubertad y con ella el dinero, y ya nunca volvimos atrás. Todo tenía
un valor nominal. Hasta los bocadillos los comprábamos en la cantina de
instituto y ya nunca tuvieron más que un valor fijo. No importaba el
hambre que tuvieras, lo que te pudiera apetecer, o si te lo merecías. O
pagabas el precio o no podías adquirirlo. Tampoco podía el dependiente
de la cantina cambiar el precio o dártelo según las circunstancias.
Nos
obligaron a consumir durante años. Hasta que un día nos hastiamos y así
nuestra mente buscó soluciones, hasta que chocó con el rincón de la
infancia. Volví a sentir que consumir era algo impuesto e innecesario.
¿Quién
nos había envenenado para comprar todo a todos? ¿Qué pasa, no
producimos nada? ¿Sólo valíamos por el dinero que teníamos? ¿Sólo somos
una cabeza de res que va comprándolo todo camino al matadero?
Mi sentimiento no cesó, creció y llegó hasta hoy.
Creo que es necesario comprar sólo lo indispensable, o a ser posible ¡nada! Sobre todo a las grandes marcas o superficies.
Quiero
sentirme útil, plantar en una huerta. Invitar a mis amigos a que
prueben las plantas que con tanto cariño he cultivado, en vez de abrir
un paquete de algo que no sé si estará bueno o no. Intercambiar con
otras gentes las cosas que ya no uso, para que alguien las vea como
nuevas y las disfrute, incluso llevándose de regalo la historia del
objeto del cual me desprendo. Poder decir, esta semana no tengo
pimientos, o ningún objeto que ofrecerte, pero puedo ayudarte a tratar
esa enfermedad que se te resiste. O porqué no, cuidar de tu niño que hoy
es día de fiesta y yo ya la tuve ayer. Compartir conocimiento o materia
a través aprovechando las visitas. Construir juntos tu casa o la mía. Y
en definitiva volverme a sentirme importante en mi comunidad. Volver a
sentirme conocido por todos. Volver a sentirme una parte del colectivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario