Es inquietante ver cómo nos movemos por el
mundo, de esa manera tan dejada y tan valiente. Nos levantamos un día
por la mañana si haber digerido el día anterior. Nos forzamos. Apagamos
el despertador y hacemos de tripas corazón, o más bien abdominales, para
levantarnos de la cama. Porque corazón no hemos hecho. Ni practicado.
Nos metemos en un cajón con más gente a la cual
no somos capaces de mirar a la cara. Y llegamos al sitio donde vamos a
vivir todo el día, con el único afán de que nos duela sólo lo preciso y
de que llegue la hora suficiente cumplida como para irnos de ahí.
De esa manera tan valiente, porque somos como los
toros de Miura. Vamos para allá casi sin mirar, más bien arremetiendo
hacía cualquier obstáculo que nuestra miopía nos permita distinguir.
De esa manera tan dejada, porque no nos preocupa
lo que hacemos, como si fuéramos un naufrago que de momento hace lo que
sea porque tiene que llegar a la orilla para no ahogarse.
El problema es cuando pensamos que podemos seguir con ese ritmo diario hasta la eternidad.
Hemos olvidado las acciones para llenarnos de
actividades. Hemos olvidado el impulso del corazón, para cumplir la
lista de la compra de la cabeza.
Menos mal que está el cuerpo para decir -”Hasta aquí hemos llegado”-.
No lo entiendo, porque normalmente cuando
intentamos saltarnos las acciones, es decir las necesidades del corazón.
Y no me refiero a los resultados del apareo que también están bien,
sino realmente a lo que nuestra inquietud nos reclama. Sabemos que vamos
a acabar pagando los platos rotos.
Después de tantos meses quejarse sin poner
solución, sin pararse a observar su alma, su persona, su inquietud, su
verdadero sentido el cual debería llevarle a disfrutar de sus acciones;
hoy está en el hospital.
Ayer su cuerpo le dijo; -”Hasta aquí hemos
llegado”-. Espero que pronto podamos disfrutar de su mecánica, pero
también humana compañía. Y que esta parada le ayude a ser cada vez más
humana y menos miura naufragando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario